Arrepentíos, pecadores

Profesor en el MEDE.

No sé -no se sabe- si el fin del mundo tal como lo conocemos está tan cerca como dicen algunos o si tanta paranoia es interesada. Las grandes instituciones que manejan nuestra vida económica (el FMI, el B.C.E., el Departamento del Tesoro de los EE.UU., el Banco Central de China, y un largo etcétera) no terminan de ponerse de acuerdo en si estamos avanzando hacia el risco sentados en nuestro Audi nuevo o si finalmente las fuerzas correctoras del mercado evitarán que nos vayamos todos pál carajo.

En un entorno de bajos o muy bajos crecimientos regionales nos encontramos con varios frentes abiertos que aseguran mayor inestabilidad: el Brexit, el conflicto arancelario entre China y los USA y su rebote en el ámbito europeo, el parón regional que está sufriendo toda Latinoamérica, la amenaza de espiral inflacionista derivada del precio de petróleo, etc. Cada uno de estos elementos por sí solo supondría una sacudida en el ecosistema económico de las naciones, pero el caso es que todo apunta a que se están sumando a la fiesta en el mismo momento.

Estas sacudidas sistémicas están, a su vez, en el origen de los graves desequilibrios sociales que están aflorando en Chile, Colombia, Hong Kong, Bolivia, Líbano, India y Pakistán -entre otros muchos- en una espiral reivindicativa contra el actual sistema de reparto de la riqueza, el trabajo y las expectativas de una vida decente de miles de millones de seres humanos condenados a ver cómo el 10% de la humanidad se regodea en una prosperidad que ellos solo atisban a ver por internet. En su último ensayo “El Capital del Siglo XXI” Piketty enfoca el problema en la imposibilidad de frenar las aspiraciones de todos a una vida digna mientras no se resuelva el viejo problema de que la gente no renuncia a las tres comidas calientes al día.

Mientras la peña sale a las calles a preguntar “por lo suyo”, la comunidad científica internacional -de manera prácticamente unánime- avisa de que al actual ritmo de consumo de recursos, incluyendo elementos tan sofisticados como el aire y el agua, nos queda planeta para aguantar tres telediarios antes de que nos veamos obligados a ducharnos con un reciclado de nuestra propia orina. Eso sí, es la misma comunidad científica que está desarrollando la primera gran oleada de robots autónomos que amenaza con dejar en el paro a cientos de millones de puestos de trabajo, sobre todos aquellos para los que no es necesaria una gran cualificación.

En este ambiente enrarecido hay quien es capaz de detectar oportunidades. Por ejemplo en la industria medioambiental como parte de esa economía verde sostenible respetuosa con el planeta capaz de generar entornos seguros y prósperos para las próximas generaciones pero, la verdad, yo no confiaría mucho en ese edén y no lo hago porque el verdadero negocio ahora mismo no consiste en hacer las cosas de manera diferente para no tener que implantarle de serie un filtro antipartículas a cada niño que nazca, sino en amortizar la enorme inversión que se ha hecho en los últimos 40 años para soportar nuestro actual modelo de crecimiento. En mi humilde opinión no pararemos de contaminar, especular, engañar y abusar hasta que a los chiquillos se les empiece a caer el pelo y les salgan ronchas moradas por todo el cuerpo.

No sé -no se sabe-, repito, si la actual situación tiene un parche, pero creo que lo que no tiene es remedio. Son tantas las cosas que pueden salir mal y tan monumental la incapacidad del liderazgo mundial para afrontar algo que no entienden en su totalidad (Trump, Bolsonaro, Xinping, Modi, Jhonson, etc.) que la cosa pinta mal. Y lo veremos.

Y, lo peor de todo, la UD sigue a media tabla.